Como educador y hombre de centro derecha, concibo la educación como el acto más noble de transmisión cultural, intelectual y espiritual de una generación hacia otra. Desde una perspectiva humanista cristiana y liberal, la educación no puede ser entendida como una simple función del Estado, sino como una tarea compartida entre la familia, la sociedad civil y las instituciones educativas. La libertad de enseñanza constituye, en este sentido, uno de los pilares esenciales de toda sociedad democrática: el derecho de las familias a elegir el tipo de educación que desean para sus hijos y el derecho de las instituciones a desarrollar sus propios proyectos educativos conforme a sus principios formativos, filosóficos y valóricos.
Mi visión parte de una premisa fundamental: la educación debe liberar, no uniformar. Educar no es adoctrinar, sino formar la conciencia libre, crítica y responsable del individuo. El Estado tiene el deber de garantizar el acceso equitativo a una educación de calidad, pero no el de imponer un modelo único de pensamiento o de enseñanza. La diversidad de proyectos educativos es, en verdad, la mayor expresión del pluralismo y la democracia. En sociedades libres, la verdad no se impone: se busca, se dialoga, se confronta con respeto y se construye en la convivencia de ideas distintas.
Mi experiencia como profesor de educación diferencial y psicopedagogo me ha mostrado que cada persona aprende de manera singular y que ningún sistema homogéneo puede responder adecuadamente a la complejidad humana. Por eso he concebido la Pedagogía Gnóstica o Gnósopedagogía, una propuesta que busca integrar la razón, la emoción, la creatividad y la espiritualidad en el proceso educativo. Esta pedagogía parte del reconocimiento del “ser auténtico latente”, la mejor versión potencial del individuo, que solo puede desarrollarse en un entorno de libertad interior y apertura cognitiva. No hay aprendizaje verdadero sin libertad, ni libertad genuina sin conocimiento.
Desde una perspectiva filosófico-política, sostengo que el sistema educativo debe asentarse sobre la economía social de mercado aplicada al conocimiento: el Estado debe garantizar las condiciones de acceso, pero el desarrollo de la oferta educativa debe abrirse a la iniciativa privada, social y comunitaria. Así como la competencia económica estimula la innovación y la eficiencia, la pluralidad educativa estimula la excelencia pedagógica y la mejora continua. El monopolio estatal del saber, por el contrario, tiende a la rigidez y a la ideologización.
Mi defensa de la libertad de enseñanza no implica indiferencia ante las desigualdades, sino confianza en la subsidiariedad activa del Estado: su función es apoyar, fomentar y acompañar a las familias y proyectos educativos, no sustituirlos. La verdadera justicia educativa no está en igualar desde arriba, sino en elevar desde abajo, ofreciendo oportunidades reales para que cada persona desarrolle sus talentos conforme a su propio proyecto de vida.
La educación, para mí, es el gran puente entre la inteligencia y la virtud. Es la herramienta que permite al individuo trascender su mera biología y alcanzar su plenitud ética y espiritual. Por eso, defiendo una educación que no se limite a instruir, sino que forme el carácter, despierte la conciencia y encienda la vocación de servicio. En el marco de la Pedagogía Gnóstica, esta misión se traduce en una búsqueda interior del saber, donde conocer equivale a transformarse y enseñar significa acompañar el proceso de autodescubrimiento del otro.
Creo en una educación libre, responsable, plural y trascendente; una educación que respete la diversidad de proyectos, promueva la excelencia docente y reconozca la labor del maestro como mediador ontológico entre el conocimiento y la conciencia. Solo una sociedad que educa en libertad y con sentido puede aspirar a la verdadera civilización: aquella donde la inteligencia se ilumina con el bien y el alma se eleva mediante el conocimiento.
En síntesis, mi compromiso con la educación y la libertad de enseñanza es un compromiso con la persona humana, con su dignidad inalienable y con su capacidad infinita de aprender y crear. Enseñar, en mi visión, es un acto sagrado: el más alto ejercicio de libertad al servicio del espíritu humano.

Comentarios
Publicar un comentario