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Sobre el Aborto

 


  Defiendo la vida desde una comprensión integral del ser humano, donde convergen las dimensiones biológica, psicológica, ética y filosófica. Creo firmemente que la vida humana posee un valor  intrínseco, independiente de su estadio de desarrollo o de las condiciones en que surge. Desde una perspectiva biológica, la existencia comienza en el instante de la fecundación, momento en que emerge una nueva célula con un código genético propio, irrepetible, distinto al de la madre y al del padre. Ese dato objetivo, verificado por la ciencia, constituye el fundamento material de la individualidad humana. Negar su carácter de vida es negar la evidencia empírica que la biología y la embriología han establecido con claridad: lo que allí late no es una mera potencialidad, sino una vida en acto, con potencial de desarrollo.

Desde el punto de vista psicológico, considero que la gestación representa el inicio de un proceso de vinculación profunda entre la madre y el hijo, un lazo emocional y neurológico que deja huellas duraderas en ambas existencias. Los estudios sobre neurodesarrollo fetal y vínculo prenatal demuestran que el ser humano comienza a responder a estímulos externos incluso antes del nacimiento, configurando ya una forma inicial de relación con el entorno. Interrumpir ese proceso no es solo una acción física; es también una fractura emocional y simbólica que afecta el psiquismo materno y el tejido moral de la comunidad.

En el plano filosófico, mi posición se enmarca en la tradición humanista cristiana y liberal clásica, que entiende la libertad no como licencia para disponer de la vida ajena, sino como responsabilidad orientada al bien. Defender la vida no es imponer una moral privada, sino sostener un principio universal: que ningún ser humano puede ser tratado como un medio o como una cosa prescindible. La dignidad humana —no graduable ni condicionada— es el eje ético sobre el cual debe edificarse toda legislación justa. Por eso rechazo la idea de que el aborto sea un “derecho”, porque ningún derecho auténtico puede sustentarse en la negación del derecho fundamental de otro ser humano: el derecho a vivir.

Comprendo, sin embargo, las situaciones de sufrimiento, las presiones sociales, económicas o de salud que muchas mujeres enfrentan. Por eso, mi defensa de la vida va acompañada de una defensa de la mujer: de su acompañamiento, su protección y su libertad verdadera, aquella que se sostiene en el apoyo y la esperanza, no en la soledad o la desesperación. Creo en una sociedad que acompañe antes, durante y después del nacimiento, que transforme la cultura del descarte en una cultura del encuentro y la responsabilidad.

Mi convicción es que la vida humana debe ser defendida siempre, porque toda vida —por pequeña, frágil o silenciosa que sea— representa una posibilidad única de sentido y trascendencia. La civilización solo se sostiene cuando honra esa verdad. Por eso, mi compromiso político y personal es construir una sociedad donde la defensa de la vida no sea un dogma, sino una expresión lúcida de amor, razón y justicia.

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