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Sobre la Democracia

    

  Concibo la democracia como la más alta expresión de la organización social libre, pero también como una realidad que exige una profunda madurez educativa y cultural para sostenerse en el tiempo. No creo en la democracia como un simple procedimiento electoral o como un sistema de votación periódica; la entiendo como una forma de civilización, un modo de convivencia que requiere ciudadanos conscientes, ilustrados y éticamente formados. Desde mi visión de centro derecha, la democracia no puede sobrevivir en el vacío del relativismo ni en el exceso del populismo, sino en la base sólida de una educación que promueva la responsabilidad, la libertad y el respeto por el orden institucional.

Toda sociedad democrática auténtica debe cimentarse sobre la educación cívica, moral y racional de sus ciudadanos. Antes de ejercer el derecho al voto, es necesario ejercitar la razón, comprender las consecuencias del acto político y valorar la trascendencia de la libertad como deber, no solo como privilegio. Por eso sostengo que la democracia se construye antes del sufragio, en las aulas, en la familia, en la vida comunitaria. Una democracia sustentada en un previo ejercicio educativo no se deja arrastrar por la manipulación ideológica ni por la emocionalidad de las masas; se guía por la reflexión crítica y el discernimiento informado.

Desde una perspectiva antropológica, la democracia es la consecuencia de la dignidad humana reconocida y asumida colectivamente. No hay democracia sin una visión del hombre como ser libre, racional y moralmente responsable. Desde lo filosófico, implica aceptar la pluralidad como riqueza, pero también como límite, donde la libertad de uno encuentra sentido en el respeto a la del otro. Y desde lo político, representa el equilibrio entre autoridad y participación, entre gobierno fuerte y ciudadanía activa.

Mi defensa de la democracia, por tanto, no es ingenua ni romántica; es pedagógica y cultural. Aspiro a una democracia que eduque para la libertad, que forme criterio, que eleve la conciencia pública y que reconozca en cada ciudadano un sujeto de derechos, pero también de deberes. Porque sin educación no hay ciudadanía, y sin ciudadanía no hay verdadera democracia. La democracia no se decreta: se educa, se ejercita y se cultiva. Solo así, podrá ser el reflejo maduro de una sociedad libre, justa y ordenada.

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