Mi concepción sobre la economía se sustenta en una mirada integral del ser humano, donde el desarrollo material debe estar subordinado al crecimiento ético, cultural y espiritual de la persona. Desde una posición de centro derecha humanista y liberal, concibo la economía no como un fin en sí mismo, sino como un medio para garantizar la libertad, la dignidad y la prosperidad de las personas en el marco de un orden institucional justo y estable.
Creo en la economía social de mercado como el modelo que mejor equilibra la libertad individual con la responsabilidad social. Este sistema reconoce la fuerza creadora del emprendimiento, la innovación y la libre competencia, pero también la necesidad de un Estado que corrija desigualdades estructurales y garantice oportunidades reales para todos. No es un mercado sin moral, sino un mercado al servicio de la persona humana, donde el éxito económico no se mida únicamente en cifras, sino en bienestar compartido.
La economía debe ser eficiente, dinámica y responsable, pero también solidaria. Defiendo una política económica que fomente la inversión productiva, la generación de empleo de calidad y la sustentabilidad medioambiental. La riqueza legítimamente generada a través del esfuerzo, la creatividad y el trabajo debe ser reconocida y valorada, porque detrás de cada iniciativa privada hay una expresión concreta de libertad y de confianza en el propio talento humano.
Sin embargo, me opongo a cualquier forma de individualismo económico extremo que desconozca los lazos comunitarios. El desarrollo debe construirse sobre la base de la cooperación, la ética del trabajo y el respeto a la ley. Rechazo tanto el estatismo asfixiante, que ahoga la libertad económica con burocracia y dependencia, como el libertarismo absoluto, que desatiende la justicia social y el bien común.
Considero que el Estado debe actuar como árbitro, garante y promotor del orden económico, no como su protagonista principal. Su función no es reemplazar la iniciativa privada, sino crear las condiciones para que cada ciudadano pueda desplegar su potencial productivo en un contexto de reglas claras, competencia leal y meritocracia.
La educación económica y financiera es también un pilar esencial: una ciudadanía ilustrada en materia económica es una ciudadanía libre, capaz de comprender cómo sus decisiones afectan el progreso colectivo. Por eso, la formación en valores como la austeridad, la prudencia, la responsabilidad y la previsión debe acompañar el crecimiento material.
En síntesis, creo en una economía que respete la libertad, fomente la responsabilidad individual y preserve la cohesión social. Una economía abierta al mundo, moderna, inclusiva y humana, capaz de conjugar el dinamismo del mercado con la conciencia moral que impide convertir al hombre en un mero instrumento del capital. En mi visión, la economía debe estar al servicio del ser humano, y no el ser humano al servicio de la economía. Esa es la base de una sociedad libre, justa y verdaderamente desarrollada.

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