Creo en un Estado que sea fuerte en su institucionalidad, pero limitado en su extensión y en su intervención directa sobre la vida de las personas. El Estado debe ser garante, no protagonista; facilitador, no sustituto de la sociedad civil. Desde una visión de centro derecha, considero que su función esencial radica en asegurar el orden jurídico, la justicia, la seguridad, la defensa y la igualdad de oportunidades, dejando a la iniciativa individual y a los cuerpos intermedios —como la familia, las asociaciones y las comunidades locales— el protagonismo en la generación de bienestar y progreso.
Filosóficamente, mi posición se sustenta en el humanismo cristiano y el liberalismo clásico, corrientes que reconocen la dignidad de la persona como fundamento del orden político y moral. El Estado, por tanto, debe existir para servir al ser humano y no al revés. Cuando el aparato estatal se expande más allá de lo necesario, tiende a suplantar la libertad y responsabilidad personal, generando dependencia, clientelismo y una cultura asistencialista que debilita la autonomía ciudadana.
En lo político, defiendo un Estado subsidiario y eficiente, que actúe allí donde las personas o las instituciones sociales no puedan hacerlo por sí mismas. Este principio no implica indiferencia frente a la desigualdad, sino un enfoque inteligente que promueva la justicia social sin anular la libertad económica. Un Estado grande puede parecer protector, pero termina siendo ineficiente, burocrático y distante de la realidad cotidiana. Prefiero un Estado moderno, descentralizado y con un fuerte control ético, que evalúe resultados, optimice recursos y promueva la innovación pública.
En lo social, creo que el Estado debe asegurar las condiciones básicas para que cada ciudadano pueda desplegar su potencial: educación, salud y seguridad deben ser garantizados, pero no monopolizados. El pluralismo y la libertad de elección son expresiones concretas de la dignidad humana. El rol estatal debe centrarse en crear un marco normativo que incentive la colaboración público-privada y que reconozca el valor del esfuerzo individual.
En síntesis, mi postura se resume en una convicción: el Estado es un medio, no un fin. Su grandeza no se mide por su tamaño, sino por su capacidad de empoderar a las personas, fortalecer la sociedad civil y resguardar las libertades que hacen posible el auténtico desarrollo humano.

Comentarios
Publicar un comentario